04 noviembre 2007

La revista más sórdida del mundo

Artículo de Mark Ames en The eXile, en que comenta el tratamiento que The Economist da a Rusia.

He aquí un dilema de superhéroe: ¿qué harías cuando eres una de las revistas de noticias y opinión más influyentes del mundo, que lleva la antorcha de la libertad en lengua inglesa en nombre de tus millones de lectores por todo el mundo, y de repente te encuentras con la injusticia en el horizonte eurasiático: una elecciones falsas en un país eurasiático rico en petróleo, como resultado de las cuales aparece un parlamento de un solo partido, un líder autocrático que mediante reformas constitucionales se permite gobernar de por vida, y una campaña para atemorizar y sacar a las compañías occidentales de sus lucrativos campos petrolíferos, a pesar de los contratos firmados y las inversiones realizadas.

Si el país en cuestión es Kazajstán y tú eres The Economist, entonces sabes exactamente lo que tienes que hacer: Coloca en la primera página a Vladimir Putin y acojona a tus lectores gritando "¡Alarma, Hitler!", una amenaza para la humanidad. No importa que pongas una versión de esa historia casi todas las semanas. O que la historia en vez de las falseadas elecciones de Kazajstán sea repetición de la expuesta por casi todos tus colegas hace CUATRO JODIDOS AÑOS.

Para The Economist, la historia de "Putin el fascista" no se rige por los tradicionales conceptos newtonianos de tiempo y espacio, abandona los principios básicos del periodismo occidental. Es una historia que se puede usar como una baraja de cartas de triunfo. No importa qué esté sucediendo en el mundo, por ejemplo, el megafollón de Irak, una guerra a favor de la cual gritó The Economist en una campaña coronada por su infame editorial "Un situación para la guerra", cuando una historia amenaza con confundir o estropear su agenda, el semanario echa la carta de triunfo de Putin-Hitler. Funciona muy bien, siempre. Gracias a la inteligente estrategia de la revista inglesa, calibrando una efectiva mezcla de desprecio aristocrático, una dicción dos pasos más clara que la de Newsweek, un ocasional populismo antielitista para complacer a sus lectores estadounidenses, los lectores confían en The Economist. Confían, sobre todo los estadounidenses, porque creen que la revista sabe más que ellos; ese es todo el encanto. Incluso sienten una emoción enfermiza de que les hable como un remilgado aristócrata a un niño. Para los americanos en particular, acostumbrados a la prosa sin vida, aburrida y de mínimo común denominador de sus medios, el leer The Economist es su propio premio, les da la sensación no solo de ser más inteligentes que la media de los suscriptores de Time, sino que incluso les hace vagamente decadentes, de una manera aristocráticamente literaria. Se hacen más inteligentes por ósmosis, simplemente imaginándose en una sala de diseño de las oficinas de The Economist.

En realidad The Economist es uno de los órganos más espantosamente equivocados y malvados en el mundo actual. Mientras dure el ingenio, The Economist se sitúa cerca del popular mayordomo de la serie de Tv "Benson", aunque está lejos de ser tan encantadoramente divertido como el mayordomo británico de la horrible comedia de Dudley Moore, "Arthur".

O como Michael Lewis, el autor de "Póker de mentirosos" después de trasladarse a Inglaterra, "La revista está escrita para jóvenes que pretenden pasar por viejos". Si los lectores americanos echan un vistazo a las caras de adolescentes con granos de sus gurús económicos, cancelarían masivamente sus suscripciones". Si solo fuera una cuestión de ingenio sobrevalorado. Pero es algo mucho peor. Es una campaña de desprestigio inglesa, sofisticada y malvada. Si consideramos su influencia y lo influyente de sus lectores, es momento de decir a dónde nos lleva su campaña antirrusa y decir qué es lo que están haciendo, antes de que nos arrastren con ellos de nuevo como lo hicieron con Irak.

* * *

La cobertura del pasado mes de Rusia/Kazajstán es un ejemplo perfecto de qué está mal en esta revista.

Justo antes de las elecciones en Kazajstán, The Economist previno de que un "sucio negocio" tendría lugar: todos los países occidentales, salvo dos, habían aceptado pasar por alto el autoritarismo del presidente Nazarbaev y darle la presidencia de la OSCE en 2009, no importa lo mal que fueran las elecciones. Los dos disidentes eran los USA (cuyo embajador pidió a Nazarbaev cambios constitucionales que le permitieran ser presidente de por vida, como "un buen paso adelante") y Gran Bretaña, que fue un poco más circunspecta.

Los dos países aún no se han decidido si permitir a Kazajstán presidir la OSCE. Casualmente The Economist tampoco se ha decidido, postura manifestada por su escaso artículo de una columna condenando las elecciones. Pero que fue totalmente tapado por el artículo principal, de muchas páginas: "Rusia "ahora" está dirigida por el KGB".

Como he mencionado anteriormente, esta es una historia de hace cuatro jodidos años. No hay ningún "ahora" en esta historia. El artículo de The Economist se refiere a un informe publicado en 2003 por la socióloga Olga Kryshtanovskaya. Volviendo a 2003, los colegas occidentales de The economist cubrieron entonces el informe en sus noticias. The Christian Science Monitor, por ejemplo, publicó una historia titulada "La influencia del KGB aún se siente en Rusia" en su edición del 30 de diciembre de 2003. Su artículo decía: "Olga Kryshtanovskaya es una socióloga que baila con lobos. Durante más de una década ha sido la mayor experta en las élites políticas, económicas y de seguridad rusas".

"Incluso Ms. Khristanovskaia dice que se ha alarmado por sus recientes descubrimientos. Desde que Vladimir Putin llegó al poder hace cuatro años, ha aumentado mucho la influencia en el gobierno de los Siloviki, gente del ejército, del antiguo KGB soviético y de otros servicios de seguridad, que han llevado con ellos una ideología estatista, métodos autoritarios y un desprecio por la sensibilidad civil".

Para The Economist, el tiempo es relativo, depende del observador, o mejor dicho, de la agenda del observador. Una historia como esta es como un buen vino, debe guardarse en un lugar fresco y ser abierta frente a sus lectores para que olviden las noticias deprimentes que llegan de Kazajstán o de Irak. Así, cuatro años después de la historia del Monitor, The Economist llega a hacer sonar la alarma.
Se hace extraño lo chapucero que es The Economist con este asunto, hasta el punte de que se lee como un caso de plagio con cuatro años de antiguedad. pero la mayoría de los lectores nunca sabrán de dónde ha salido la historia. "El poder político en Rusia está ahora mezclado con el FSB, el heredero del KGB", declara la revista. Nótese la astuta inserción que hace The Economist de la palabra "ahora", dando al lector la impresión de que la noticia del aumento del poder de los siloviki acaba de aparecer. "Ahora" en las noticias de un semanario significa literalmente "ahora". No significa "hace cuatro años", ni siquiera hace cuatro meses. Significa la semana pasada, o tal vez en algún caso en los últimos cuatro meses.
The Economist traiciona aún más su nerviosismo sobre la historia anticuada con otra extraña inserción en la frase inicial: "La tarde del 22 de agosto de 1992, esta semana hace 16 años (nótese la ridícula marca temporal, "hace 16 años"), Alexei Kondaurov, un general del KGB, se asomó a su ventana oscurecida de su oficina moscovita y vió una multitud jubilosa que se dirigía a los cuarteles generales del KGB en la plaza de la Lubianka..."
Dejemos de lado la extraña decisión de comenzar una historia anti-silovik con Kondaurov, un antiguo general del KGB que fue después un alto ejecutivo de Yukos (mis respetos a la empresa de relaciones públicas que lo consiguió). Un par de párrafos más tarde se nos presenta a Kryshtanovskaia y su estudio de hace cuatro años. The Economist lleva a cabo un clásico ejemplo de censura por omisión: "Según la investigación de Olga Kryshtanovskaia, solióloga de la Academia de Ciencias Rusa, la cuarta parte de los burócratas del país son siloviki, una palabra rusa que significa algo así como "gente de fuerza", que incluye a las fuerzas armadad y otros servicios de seguridad, no solo al FSB. La proporción crece a tres cuartos si se incluye a la gente que simplemente trabaja en los servicios de seguridad. Esta gente representa a un grupo psicológicamente homogéneo, leal a sus raíces, que están en la primera policía política bolchevique, la Cheka".

En ningún caso mencionan que el informe ya había sido publicado, porque si dijeran "según un informe de hace cuatro años..." sería contradictorio con el "ahora" del título. Así que simplemente no lo mencionan. En vez de eso manipulan crudamente sus investigaciones: "la proporción (de siloviki) aumenta hasta tres cuartos si se incluye a la gente que simplemente trabaja en los servicios de seguridad".

¿Es eso lo que realmente dijo Kryshtanovskaia? En una entrevista en Radio Free Europe, explicó "El dato del 78 por ciento ... no es un dato exacto". Pero la precisión, según podría decir un periodista cuántico, es en sí misma un concepto relativo.

* * *

Durante los últimos años, The Economist has estado llevando a cabo una tenaz y compulsiva campaña para rebautizar a Rusia y a Vladimir Putin como un Estado fascista y un Régimen fascista. Por ejemplo, veamos el artículo "The Hardest Word":

"Se trata de una palabra sobreusada, controvertida, especialmente en Rusia. Aún no ha llegado a ello, pero algunas veces Rusia parece dirigirse hacia el fascismo".

Esa es la acusación más seria que se pueda hacer: la Alemania nazi con armas nucleares. Fascismo, en la conciencia popular tiene una definición simple y directa: un país que invadirá y esclavizará al mundo por la fuerza y que gaseará a los judíos. ¿Es eso Rusia? Porque si Rusia es fascista, ¿qué cojones estamos haciendo? ¡Todos los extranjeros deberían huír rápidamente! Occidente debería pedir la rendición inmediata e incondicional del Kremlin o ... ¿O qué? O haríamos añicos el mundo para mañana por la noche. Hablo en serio: si Rusia es fascista, ¿a qué estamos esperando? ¿No tenemos la lección de los años 30? ¡Ataquemos ahora! ¡No esperemos? Arrojemos la bomba antes de que sea demasiado tarde, tiremos el arsenal completo y digamos hola a Jesucristo.

The Economist da vueltas alrededor de este problema de vida o muerte, rebajando su definición de fascismo, acondicionándola a Rusia, y al mismo tiempo rebajando la seriedad del concepto: "La historia ofrece un término para describir la dirección en la que parece moverse Rusia en ocasiones: una palabra que une la paranoia y la autoconfianza, falta de ley y autoritarismo, populismo e intolerancia, y nacionalismo económico y político que caracteriza hoy día a la administración de Mr. Putin.

Eso es, el fascismo no significa militarismo agresivo, invasiones y la esclavitud industrial de millones de personas. No,no es eso. En estos tiempos multiculturales tenemos que expandir el significado de Fascismo, para hacerlo adecuado a otras culturas, particularmente a aquellas que no nos gustan. Así que esta versión expandida incluye "autoconfianza, falta de ley, populismo"... Veamos qué mas sucede ahora en Rusia que podamos añadir a la definición: "una palabra que incluye a los jóvenes con aspecto de Dima Bilan, el face control y perros enanos, gente que dice "sí", gente que dice "no". ¡Así sí que estamos seguros de que Rusia es fascista!

Esta sórdida definición de la palabra Fascismo permite a The Economist rebautizar a Rusia como fascista. La implicación es obvia. El régimen de Putin debe ser destruído antes de que nos destruya. Puede que no ahora mismo, pero sí dentro de poco. Eso es lo que nuestros líderes siempre nos han prometido hacer si el fascismo vuelve a mostrar su horrible rostro por Europa.

* * *

No siempre ha sido así. De hecho, si te subes a la máquina del tiempo de The Economist, encontrarás que hubo un tiempo en que querían mucho al pequeño espía fascista del Kremlin. Le querían a veces. Y a veces no. Dependía del día de la semana, y de en qué grado servía a las aspiraciones geopolíticas y corporativas angloamericanas.

Hay que tener en cuenta que en esta relación Putin es el único que ha sido consecuente. Cuando llegó al poder en 2000 promocionó a los siloviki, acabó con los medios de oposición y puso todas las otras fuentes de poder: la Duma, el Consejo de la Federación y los gobernadores regionales, bajo el control del Kremlin en lo que se llamó la "Vertical de poder". Todo desde el principio. Todos lo supieron.

Al principio de su reinado, The Economist fue escéptico, por muchos motivos, desde las credenciales de Putin como progresista hasta las preocupaciones de los inversores occidentales, o si sería capaz de mantener el caos bajo control, lo que fue la principal preocupación de los inversores occidentales durante los dos primeros años. The Economist dijo:

"Aunque Mr. Putin ha dicho que eliminará a los oligarcas como clase, los primeros signos no son esperanzadores". (mayo 2000).

"No es solo que las reformas se hayan estancado, que el crecimiento económico se esté esfumando, y que la guerra chechena se esté haciendo interminable; la propia autoridad del Kremlin parece estar desapareciendo" (16 de marzo de 2001).

Hablando del problema de los medios de comunicación, en un raro momento de sinceridad The Economist explicó: "los medios independientes en provincias llevan años en decadencia, bajo el asalto combinado de los poderosos líderes regionales y sus amigos de los negocios. Ahora está sucediendo lo mismo en el centro.Pero de momento, al menos la información está al alcance de todo el mundo que tenga una conexión a internet o una radio decente". (17 abril 2001).

Entonces eso proporcionaba algún consuelo, pero hoy día ni siquiera es mencionado, aunque cualquier ruso con una radio o una conexión a internet esté hoy en la misma posición que el 17 de abril de 2001. Lee ese comentario una y otra vez... Es increíble la completa contradicción con todo lo que The Economist dice hoy día.

Este otro comentario de The Economist, unos pocos meses después:

"Tanto en casa como en el extranjero, las cosas nunca han sido tan brillantes para el presidente Vladimir Putin... En casa la economía está creciendo y las reformas continúan". (3 de noviembre de 2001. "Hope Gleams Anew")

Espera... Acababan de decir... No se puede hacer eso, ¿o sí? Otra cita de 2001.

"Las encuestas de opinión en Rusia muestran que Mr. Putin es muy popular. pero no son del todo creíbles, y en cualquier caso su prestigio es alimentado artificialmente por una televisión pública servil". (17 marzo 2001).

Ah, eso es lo que yo quiero oír. Alimenta mi cruzada moral antiputin. Venga, aliméntame:
"La elevada popularidad de Mr. Putin significa que su nueva política exterior no tiene una amenaza directa. A la mayoría de los rusos les agrada ver que su país es más popular y respetado, y se alegran de haber evitado una implicación directa en Afganistán. Incluso unas reformas económicas lentas e incompletas son mejor que nada (3 noviembre 2001).
Pero espera, no se puede hacer unos virajes así, ¿o sí se puede? Sí, si eres The Economist, se puede ir de un lado a otro a tu gusto, como quieres. Incluso con el tema más sagrado de todos; los derechos humanos y Putin:
"Otros aliados occidentales, como Turquía, tienen también un montón de borrones en su historial de derechos humanos". (18 de mayo de 2002 "What Russia Wants").
O sea que al principio era poco estable, y hoy día es hitleriano, pero si volvemos atrás a 2002 era justo ... un borrón". Y borrones como ese son lo que se espera de los amigos de occidente. Por tanto no es realmente nada importante.
De momento, es evidente por qué The Economist decidió pasar a ser blando con Putin: los meses posteriores al 11-S parecía que se iba a convertir en el mejor y más sumiso amigo de los Estados Unidos en todo el mundo autoritario.
Para ponerlo en sus propias palabras: "En asuntos importantes, tales como la implicación americana en el antiguo imperio soviético, Mr. Putin está dirigiendo la política rusa en la dirección correcta, hacia la aceptación de lo inevitable" (18 mayo 2002)


Inevitable, así lo llamaron. Pero a la vez estaban regocijándose como un grupito de villanos ingleses orgullosos de su propia decepción: "Eso está bien, buen chico, ahora corre y juega, se un buen perrito, Blair".
Todo este baile de The Economist es tan absurdo e imperdonable que se lee como una escena de una mala sátira de Mel Brooks, con Harvey Korman en el papel de Edward Lucas que con una hablar meloso desprecia condescendientemente al personaje de Putin, interpretado por Cloris Leachman. Un día la popularidad de Putin "no es creíble" y está "alimentada artificialmente por una televisión pública servil", unos pocos meses después "la mayoría de los rusos están contentos" y "la popularidad de Mr. Putin significa que su nueva política exterior no tiene una amenaza clara".


En el más sórdido de estos vaivenes, incluso se las arreglaron, en el artículo antes mencionado de noviembre de 2001, para quitarse de encima el peligro de una futura mártir, comparándolo positivamente con un grotesco y obvio ejercicio de relaciones públicas:

"El cambio es menos visible en la política... La presión sobre la prensa independiente continúa: Anna Politkovskaya, la más intrépida reportera que se ocupa de la guerra de Chechenia ha escapado a Viena tras recibir amenazas. Pero el competente y bien publicitado rescate de los restos del Kursk da la buena nota, en contraste con las mentiras y la confusión que rodearon a la tragedia de su hundimiento en agosto del pasado año".

Así que lo que estaban diciendo es que Politkovskaia tuvo que huír para salvar su visa, pero bueno, ¿ves lo bien que sacaron los cuerpos del Kursk? Impresionante, ¿verdad? Si yo fuera un cuerpo ahogado,así es como me gustaría ser sacado... Oh sí, Putin, ¡qué tío! (hablando de vaivenes, apoyaron a John Kerry en 2004... después de apoyar a Bush en el 2000, y la guerra de Irak en 2002-2003).

¿Qué es lo que cambió? ¿Por qué Putin pasó de ser un problema, a una mancha parecida a otras manchas, después a un exitoso rescate de cuerpos en Murmansk y finalmente a un claro signo de fascismo?

Lo que cambió fue Yukos. El arresto del oligarca petrolero Mijaíl Jodorkovski en octubre de 2003. El amado de todos, desde Exxon y Chevron hasta Dick Cheney y Richard Perle. El hombre que decía que Rusia debería apoyar la guerra de Irak, y orientar su petroleo hacia occidente y no hacia China. El hombre que intentó y fracasó en un cambio de la estructura de poder en Rusia.

The Economist como mucho ha admitido: "Si la aparición de Yukos representa la transición de Rusia de una economía planificada al capitalismo salvaje de los 90, que prosperó con todos sus excesos en la iniciativa privada, su destrucción fue un punto de retorno hacia un estado totalitario y corporativo" (10 de mayo de 2007).

¿Qué "excesos" había cometido Yukos? Asesinatos, si creemos al ex periodista del Wall Street Journal David Satter, cuyo estudio sobre los oligarcas rapaces fue citado favorablemente en The Economist. Robo masivo, se creemos incluso el cándido relato de Jodorkovski de cómo se adquirieron los activos de Yukos. Nada que sea un gran secreto. pero ya ves, admitirlo ensuciaría el cuadro. Así que mejor corramos un tupido velo sobre los "excesos", que realmente no significan algo así como "excesos de celo de mercado libre". Es como una tapadera, como cuando Putin parecía controlable, y The Economist rebajo sus derechos humanos a un mero estatus de "mancha".


Así es como The Economist ha trabajado siempre en Rusia, constantemente en dos direcciones: un "lado luminoso" y una parte desolada, algo que acaba en el fascismo.

Tomemos el ejemplo de los años de Yeltsin, un periodo en que The Economist es tan espantosamente mentiroso que requeriría un artículo aparte. A finales de 1997, cuando aún parecía que las instituciones financieras occidentales recogían grandes beneficios y podían ganar más, The Economist dijo de Yeltsin y su lugarteniente de privatizaciones, Anatoli Chubais:

"Las fuerzas del mercado son más fuertes cada año, pero no lo suficiente para propagarse por sí mismas sin ayuda. Sus posibilidades serían mayores si hubiese en el gobierno un centenar de personas como Mr. Chubais. Mr. Yeltsin, al menos, parece creer que no hay solo uno. Antimarxista como debe ser, los grandes hombres son necesarios para hacer grandes cosas. Mr. Yeltsin, a su manera, es uno de ellos y Mr. Chubais, a la suya, otro".

Exactamente cuatro meses más tarde, cuando se hundió el esquema piramidal del FMI y los occidentales comenzaron a quemarse, The Economist cambió su opinión, pero con un lenguaje zalamero de quien sugiere que lo sabía todo: "Las instituciones rusas son peligrosamente débiles y el poder de su presidente amenazadoramente fuerte, es vital que el hombre al mando no se apoye en demagogos ni millonarios. Desafortunadamene, el vodka, la edad y el poder toman lo mejor de él, Mr. Yeltsin está fallando en su trabajo... En otro tiempo un titán, ampliamente aplaudido por ayudar a acabar con uno de los peores regímenes del mundo, ahora parece tambalearse, propenso al desastre, entre un mal momento y el siguiente. Pobre Rusia".

Sí, no hace tanto tiempo era "ampliamente aplaudido", quero decir, ¿cómo podría nadie adivinar que pasaría a ser tan malo solo cuatro meses después? Es como cuando Austin Powers descubrió que Liberace era gay: "¿Quién podría haberlo adivinado? ¡Nunca lo habría dicho!".

The Economist incluso jugó la carta del fascismo en Rusia durante los años de Yeltsin, aunque con propósitos totalmente diferentes, como muestra esta carta de 1998 de Anatol Lieven a David Jhonson:

"Querido David, adjunto una parte de mi libro sobre Chechenia... Lo relevante de la discusión se demuestra por el último artículo del The Economist: "¿Puede Rusia ir hacia el fascismo?", que se traduciría como: "¿ Deberíamos gastar millones de dólares en apoyar a Yeltsin y nuestro querido joven reformador Anatoli Chubais porque los rusos tienden intrínsecamente hacia el imperialismo y la agresión y Chubais nos asegura que él y Yeltsin son todo lo que hay entre Rusia y el fascismo?". Algunas personas sí que pueden engañar todo el tiempo. Tuyo, Anatol Lieven".


En 1998 The Economist mintió sobre la amenaza fascista en Rusia para apoyar a un gobierno tremendamente impopular, un régimen corrupto que había logrado un colapso total de la economía, acabado con la salud de sus ciudadanos y arruinado para siempre las ideas de "liberalismo", "mercado libre" y "libertad de prensa" en las mentes de aquellos que le sobrevivieron... todo porque parecía que era beneficioso para nosotros. Hoy día mienten otra vez sobre la amenaza fascista, solo que esta vez es para derribar un régimen altamente popular (aunque corrupto) que ha conseguido un resurgir inesperado de su economía y poder. Todo porque Putin no es nuestro hijo de puta.


¿Cómo se ha convertido The Economist en algo tan vil?

La horrible respuesta es que siempre ha sido así. Si nos volvemos atras hasta los comienzos de The Economist en la Inglaterra victoriana, encontraremos, por ejemplo, la valiente postura de la revista sobre la hambruna irlandesa, el genocidio inglés que provocó dos millones de muertes en Irlanda. Cuando se gritaba que había que acabar con la hambruna, The Economist decía: "No es asunto del hombre mantener a los demás. Hay que dejarlo a la ley natural de la distribución, aquellos que lo merezcan lo conseguirán".

Y hablando de Hitlers, a mediados de los años 30, The Economist incluso encontró tiempo para alabar a quien ya sabéis: "Herr Hitler está dando muestras positivas de que es un hombre de estado". Sí, eso escribieron. El primer y último ejemplo del buen sentido que siempre ha tenido The Economist.

1 comentario:

Ságvári dijo...

Muy interesante la página, he encontrado muchos artículos intersantes

enhorabuena!

saludos