21 julio 2009

El electorado y los "liberales" rusos

Interesante artículo, algo antiguo pero que mantiene su actualidad, de Nikolai N. Petro publicado en New York Times el 4 de noviembre de 2007.

Algunos intentos de la alianza “Otra Rusia” de organizar protestas en las mayores ciudades rusas, incluyendo sus recientes fiascos en Moscú y San Petersburgo revelan una verdad indiscutible: aquellos que que llaman a sí mismos la oposición liberal en Rusia no son ni competentes ni populares
Su mayor reunión convocó a 5000 participantes el pasado verano. Desde entonces esta cifra se ha reducido a unos cientos, con más policías y periodistas extranjeros que manifestantes.
¿por qué los autoproclamados “liberales” en Rusia tienen tan poco atractivo popular?
El boom económico del país no ha dado fuerza a sus argumentos para sustituir a Vladimir Putin. Con un apoyo potencial de más del 40%, con figuras políticas y culturales muy conocidas de ese campo y mucho dinero de la élite económica, es sorprendente lo mal que han actuado los liberales.
En parte la razón se debe a la decisión de entrar en alianzas que han dañado gravemente la reputación de muchos políticos liberales rusos.
En un equivocado intento de ganar visibilidad, algunos políticos moderados, incluídos Vladimir Rizhkov, Irina Jakamada, Grigori Yablinski, Mijail Lasianov y Boris Nemtsov, se unieron a dos figuras muy cuestionables: el empresario/campeón de ajedrez Garry kasparov que, como antiguo miembro del consejo del Centro de Política de Seguridad norteamericano está vinculado desde hace mucho a un gran número de neocons norteamericanos vociferantemente antirusos, y Eduard Limonov, el líder del partido etnonacionalista Nacional Bolchevique.
Limonov, que ha llamado al uso de “tácticas serbias” para recuperar regiones de la antigua URSS con gran porcentaje de población rusa, es más que un aliado accidental de los liberales (como dice el Washington Post).
Se aproximó al grupo que creó Otra Rusia al poco de que fuera creada en marzo de 2004 y sugirió que el comité debía hacer uso de la experiencia de sus “luchadores”. Experiencia como la de blandir una granada falsa para ocupar la iglesia de San Pedro en Riga, Letonia, por lo que varios militantes del partido acabaron en prisión. El propio Limonov fue condenado por compras ilícitas de armas en abril de 2001 y estuvo dos años en prisión.
Mientras algunos antiguos aliados como Yablinski y Kasyanov han roto con otra Rusia, otros como Kasparov, Rizhkov y Nemtsov continúan justificando la alianza como necesaria para superar el control de los medios por el kremlin.
Pero es difícil de creer que haya mucha gente en rusia que no tenga ni idea de qué posiciones mantiene esta oposición. Más de un cuarto de la población tiene acceso regular a Internet, que es totalmente libre en Rusia, y un 13% lo tiene como fuente principal de su información, el doble en Moscú y San Petersburgo.
Incluso cuando empezó la campaña electoral los estudios sobre los medios de comunicación mostraban que en 2005 los dos principales partidos liberales, la Unión de Fuerzas de Derecha y Yabloko obtuvieron el23,85 % del tiempo en que los partidos políticos eran mencionados en los canales de televisión más importantes. En 2006 esta cifra se redujo al 14%.
¿Muy bajo? Tal vez, pero mucho más alto que el porcentaje del electorado que suele votar por esos dos partidos. Esto no tiene en cuenta que durante el mes pasado los 11 partidos políticos que participaban en las elecciones a la Duma obtuvieron cada uno al menos tres horas en la televisión nacional a horas punta.
Mientras Kasparov asegura que el pueblo ruso se uniría a su causa sin la censura del régimen, Yavlinski está probablemente más cerca de la realidad cuando dijo a un reportero que su partido es conocido por un 97% del electorado.
El problema no es que la oposición no pueda transmitir su mensaje al pueblo ruso, ni siquiera el propio mensaje. El problema son los mensajeros, que han conseguido espantar a su electorado natural, la creciente clase media rusa.
¿Qué haría usted si se enfrentase a la siguiente elección?:
Uno: un movimiento político que une a un antiguo campeón de ajedrez cuya familia reside al otro lado del mar, un antiguo primer ministro conocido popularmente como “Misha dos por ciento” por el cobro de sobornos por préstamos del gobierno a empresas privadas y un antiguo músico punk que ha pasado varios años en prisión y que propugna la restauración del imperio ruso mediante cualquier medio necesario.
Dos: el partido de Vladimir Putin, que promete continuar las políticas que han incrementado los salarios medios de 81 $/mes a 550, que ha incrementado sustancialmente el gasto social y reducido la pobreza del 27 al 15%.
Algunos liberales rusos simplemente desconocen en qué medida ha cambiado el país. Yavlinski, por ejemplo, ha dicho recientemente que el raramente lee los periódicos (“tengo ayudantes que lo hacen”) y que no ha visto la televisión rusa en los últimos 4 ó 5 años.
También está el daño que hace el aparente desprecio con que la oposición trata a la gente que apoyaría sus ideas. Boris Berezovski, que asegura que financia a la oposición desde su exilio en Londres, ha dicho: “El problema es que, durante siglos, las autoridades rusas han estado violando al pueblo ruso, y lo han convertido en ganado”. Esa imagen bovina del electorado ruso es la favorita de la élite liberal del país. Su cínica suposición es que los políticos no tienen que apelar para nada al pueblo, que se trata tan solo de reemplazar a malos pastores del pueblo por buenos pastores del pueblo.
¿Qué importa lo que vote el pueblo, o incluso si no vota si, como ha dicho Limonov en la última campaña electoral en Moscú, Otra Rusia no aceptará ningún resultado como legítimo?
¿Sorprende que muchos rusos vean a la oposición simplemente como un grupo que quiere robarles la prosperidad que les ha costado tanto obtener?
¿Sorprende que la adulación absoluta de los medios de comunicación occidentales por esta oposición, y por Otra Rusia en particular, sea vista con sospecha por muchos rusos?
Lejos de indicar un alejamiento de la democracia, el rechazo del electorado ruso por la actual oposición es un signo del progreso del país hacia una democracia madura.